(`anachoréo, Me retiro), también ermitaños
(èremîtai, habitantes del desierto, Lat., eremitæ).
En terminología Cristiana, hombres que han buscado triunfar sobre los
dos enemigos ineludibles de la salvación humana, el demonio y la carne,
privándolos de la colaboración de su aliado, el mundo. El impulso
natural de todas las almas ardientes de alejarse temporal o definitivamente
del tumulto de la vida social, se hace patente en los ejemplos y enseñanzas
de la Escritura. San Juan Bautista en el desierto y Nuestro Señor, apartándose
una y otra vez a la soledad, fueron ejemplos que indujeron a una multitud de
hombres santos a imitarlos. Puesto que estos hombres despreciaron y evitaron
el mundo, no puede sorprendernos que el mundo les replicara con su correspondiente
menosprecio. El mundo es un tirano imperioso, absolutamente egoísta;
mezquino en su gratitud hacia esas almas sublimes, cuyas vidas están
completamente consagradas a su mejoramiento, sin importar su desaprobación
o encomio. Persigue como rebeldes y ridiculiza como tontos, a aquellos que se
sacuden de su yugo y esparcen a los vientos sus riquezas, honores y placeres.
En su aislamiento más extremo, la vida del anacoreta Cristiano, no es
Nirvana. El alma, ocupada en divinas reflexiones, libre de preocupaciones distractoras,
lleva una existencia muy acorde a la naturaleza racional del hombre, y consecuentemente
generadora del tipo más elevado de felicidad que se puede obtener en
esta tierra. Además, no importa qué tan profundamente el hermitaño
se sepulte en la montaña o el desierto, siempre está al alcance
del llamado de la caridad. Primero que todo, espíritus afines lo buscarán.
Cientos de celdas se agruparán a su alrededor; su experiencia será
invocada para la redacción de las reglas de orden y para la dirección
espiritual; en breve, su refugio aislado se transforma gradualmente en un monasterio,
su vida solitaria en vida en común. Si de nuevo anhela la soledad y se
sumerge más profundamente en el desierto, comenzará el mismo proceso,
como vemos en el caso de San Antonio de Egipto. Más aún, si bien
estos hombres santos se han liberado del yugo del mundo, permanecen sujetos
a la autoridad de la Iglesia, a cuya orden, en tiempos críticos, ellos
han salido de su retiro, como fuerzas frescas de reserva, para fortalecer las
filas desanimadas de su ejército espiritual. Así vino Antonio
(286-356) a Alejandría, respondiendo al llamado de Atanasio; así
los hijos de Benito, y Romualdo, y Bruno y Bernardo, hicieron el trabajo de
labriegos en la batalla medieval contra la barbarie. Realmente, sería
difícil señalar un solo gran campeón de la civilización
Cristiana que no se haya preparado para el combate espiritual en el desierto.
Los principales refugios de los primeros de estos fugitivos de la sociedad
humana, fueron los vastos desiertos de Egipto y Siria, cuyas cavernas
y tumbas pronto albergaron un increíble número de ascetas
cristianos. Los primeros intentos de autodisciplina efectuados por esta
multitud ingenua, fueron algunas veces rudos y teñidos de fanatismo
Oriental; pero más temprano que tarde, la autoridad de la Iglesia
y los sabios preceptos de los grandes maestros espirituales, principlamente
Pacomio, Hilario y Basilio, los formaron en un ejército bien disciplinado,
con claros objetivos y métodos. Pronto se estableció la
norma de que solo se les autorizaría a llevar la vida solitaria
a aquellos que previamente hubieran pasado un tiempo de prueba en un monasterio
y hubiesen obtenido de su abad el permiso para retirarse. Entre los monjes
que vivieron y trabajaron en común (los así llamados cenobitas)
y los hermitaños, que pasaban sus vidas en soledad absoluta, había
muchas gradaciones. Algunos vivían en celdas separadas y se reunían
solamente para la oración, algunos para las comidas, otros solamente
los Domingos. La forma más singular de ascetismo fue la adoptada
por los Estilitas (q.v.), hombres que vivieron durante años sobre
las cimas de altas columnas, desde las cuales exhortaban e instruían
al atemorizado populacho. Llegando a tiempos más modernos, los
canonistas distinguen cuatro diferentes especies de Hermitaños.:
(1) Aquellos que han tomado los tres votos monásticos en alguna
orden religiosa aprobada por la Iglesia. Tales son los Hermitaños
de San Agustín, los Hermitaños de San Jerónimo, etc.
(2) Aquellos que viven en común con una forma de vida aprobada
por el obispo. (3) Aquellos que sin votos o vida en comunidad adoptan
un hábito peculiar con la aprobación del obispo, y son delegados
por él para el servicio de la iglesia o el oratorio. (4) Aquellos
que, sin ninguna autoridad eclesiática, adoptan el “habitus
eremiticus” y viven sin sujeción a una regla. Para obviar
posibles abusos de parte de esta clase de hermitaños, la Santa
Sede ha promulgado en diferentes momentos legislación estricta,
que puede leerse en Benedict XIV "De Syn. Dioec." VI,
iii, 6, o en Ferraris, "Bibliotheca", s. v. "Eremita".
JAMES F. LOUGHLIN
Transcrito por WGKofron
Con gratitud a la Iglesia Saint Mary, Akron, Ohio
Traducido por Jorge Daniel Reyes Virviescas